
El jueves pasado, en compañía de mi inseparable compañero Salva, hicimos un duro entreno en el castillo de Guardias Viejas. Luchamos contra las rampas que voluntariamente buscamos y contra nuestro enemigo Eolo, que a priori no había sido invitado. El objetivo: hacer trail puro, subir campo a través, bajar de forma suicida y repetir la operación unas 15 veces en un recorrido de unos 400 metros. Tras terminar, mi felicidad era total. Había corrido con alegría, con fuerza, con rabia. Así que por la noche sucedió lo inevitable: ¿por qué no correr este domingo la carrera de las Fuerzas Armadas? A pesar de haberme prometido no ponerme un dorsal hasta septiembre , la disyuntiva que se me planteaba era de fácil solución: rodaje el domingo por la Vega o tal vez hacer un Pinillos; o correr la carrera de la que, por otro lado, nada sabía. SMS de Daniel y se acabaron las dudas. Si quedan dorsales, a primera hora de la mañana del viernes me apunto. Dicho y hecho.
En la página web puedes consultar el recorrido y ya te puedes hacer una idea de lo que te espera, en cuanto a dureza pero también a belleza. Pero no, no hay gráficos, crónicas, descripciones ni imágenes que ilustren esta maravilla. Si poetas románticos como Wordsworth o Keats hubiesen pasado por Granada se habrían olvidado rápidamente de Lake District, ruiseñores y urnas griegas, entre otras cosas, porque habrían encontrado aquí la esencia para desarrollar sus obras. Pasar corriendo por el Albayzín, el Sacromonte, inmediaciones de una imponente Alhambra, mientras el mundo se detiene a observarte, los transeúntes se apilan en los laterales de las estrechas callejuelas para animarte, el tráfico se corta, la mañana resplandece y en definitiva, todo es perfecto, es alcanzar el nirvana.
La organización no le va a la zaga. Un soldado prácticamente en cada esquina, avituallamientos correctos -si bien en el primero el agua estaba granizada, perfecta distribución en la meta, con orden y sentido común y una bolsa del corredor de la que no nos podemos quejar: hemos tenido agua, cerveza, isotónica, fruta y una camiseta que aunque no es técnica, es muy digna. No olvidemos que hemos disfrutado de esta experiencia gratis.
Me he topado con muchísimos amigos: Fidel, Paco (http://www.devorandokilómetros.blogspot.com/), al que veo sin excepción en todos los desplazamientos y que es un crack de tío, Daniel Dojo (vestido de romano), Daniel el Terrible, Miguel, José Palma y Nacho -que se descojonaron al verme, recordando falsas proclamas y promesas atléticas de un servidor-, me pareció ver a Cristian también en su coche, Mario -con el que intercambié impresiones del trazado de la carrera- y ya al terminar Blas con su niña, que correría la prueba junior. Y tú, si me he olvidado de ti, dame un tirón de orejas cuando me veas.
Fotos gentileza de José César Perales
No os voy a contar el recorrido de la carrera, podéis hacerlo vosotros mismos en la página web (www.carrerafuerzasarmadas.es ), pero para los que sepaís y améis esta ciudad será sencillo imaginar cómo fluían sentimientos y endorfinas cuando subí la cuesta Gomérez (qué dura y larga, la puñetera), un descenso suicida por la cuesta de los Chinos, un laberíntico Albayzín y Sacromonte, miradores, cármenes, verde frescor, callejuelas empedradas, escalones, muchos escalones arriba y abajo... Curioso ver cómo dos "corredores", al terminar de subir unas cuantas escaleras y girar a la derecha, tras volver a encontrarse con más escaleras, son capaces de decir: "esto no es una carrera, es una broma, qué locura". Y vale, no habría dicho nada si lo hubiesen dicho de buen talante, pero es que sus gestos, más que agotamiento -que también- lo que mostraba era un desdén y una "malahostia" infundada, así que tuve que mandarlos a la Venta del Nabo e invitarles a que me digan dónde han visto un entorno más bonito para correr que el que estaban sufriendo. Amigos, aquí da igual si estás más en forma o no, si subes mejor o peor... Aquí, si te gusta correr, tienes que correr, cada uno a su ritmo, pero sin dejar de esbozar tu mejor sonrisa. Porque hoy me he sentido un privilegiado, más que nunca.
Y así es la historia: hace casi un mes me sentí miserable, despreciable e impotente; hoy, al terminar y recoger mi bolsa, me he sentado solo a estirar, acompañado eso sí de mi vaso de cerveza, ensimismado, rodeado del trasiego habitual del final de las carreras, sonriendo y sintiéndome muy vivo tras haber hecho, según mi Polar, 55 minutos y 30 segundos en los casi 13 duros kms que nos brinda esta preciosa prueba. Pero insisto, aquí el tiempo es lo de menos.


































