jueves, 1 de diciembre de 2011

"La Meada del Miedo" -Por Javi

“Yo voy a echar la meada del miedo, ¿vosotros qué?” Contextualizar esta pregunta puede ser, cuanto menos, complejo. ¿En qué situación os imagináis que dicha pregunta puede surgir? Obviamente hablamos de correr en este blog, por lo que el rango de posibilidades se acota considerablemente. Pues chicos, se trata de la pregunta que siempre, invariablemente, nos hacemos cuando nos enfrentamos a nuestra cita semanal con las series. Sí, las series, en la pista de atletismo. Ese entrenamiento tan demonizado y que tanto pavor causa a la gran mayoría de corredores es el que, literalmente, nos hace mearnos de miedo instantes antes de saber que nos vamos a exprimir, que vamos a castigar nuestro cuerpo hasta unos límites bien definidos.
Foto debida a Gregorio, de su genial blog http://www.estoyquenopuedo.blogspot.com/
         Me gustan las series. En otra ocasión anterior hablé de ellas y vuelvo a hacerlo para defenderlas. ¿Con lo que se sufre, te gustan? Sí. No pretenderé convencer a aquéllos convencidos que creen no necesitarlas, o a aquéllos que simplemente las odian, tan sólo hablaré de las sensaciones que a mí me transmiten. Forman parte de mi filosofía, no ya la del corredor que orgullosamente afirmo que soy, sino la de mi propia vida, y quienes me conocen saben que ninguna connotación religiosa hay en ello. Entiendo la vida como una sesión de series. Entiendo el placer como el clímax a un sufrimiento previo, no comprendo la gloria si previamente no he luchado por ella. Y esa agonía no empieza en la pista; empieza días antes, cuando te organizas y programas con tus compañeros la sesión de la semana, cuando piensas el número de repeticiones y ritmos a los que debes correr; cuando te levantas hecho polvo por la mañana antes de las 7 para ir a trabajar y compruebas que salvo la lengua, te duelen todos tus músculos debido a los 25 kms de montaña de los días anteriores y no te queda otra que asumir que esa tarde vas a sufrir… Vas a dejar de hacer muchas actividades a priori más placenteras y sencillas para coger el coche y dirigirte a algo parecido a un pabellón de tortura.

              El dolor ya te hace empequeñecer antes incluso de empezar a calentar. Parece imposible que seas capaz de poner a funcionar tu cuerpo cuando apenas te cuesta lanzar la primera zancada. Los isquiotibiales y gemelos parecen estar perforados por cuchillas debido al intenso entrenamiento anterior. ¿Pero qué hago aquí? Pues bien, todo lo que he dicho es cierto. Sufro, mi cuerpo se encoge ante la inminente agonía y dudo sobremanera. Pero también miento. Disfruto, mis compañeros de fatigas están aquí, vienen dubitativos, temerosos, pero valientemente sonrientes. Hablamos, reimos, programamos, comentamos… todo mientras calentamos, como para evitar hablar de lo que nos espera, como para alejarnos por unos minutos de nuestra auto-infligida miseria. Una última vuelta al tartán y cuando nos faltan 50 metros para la temida línea de salida, “Voy a echar la meada del miedo”, suena tres veces.

               Una vez despojados del líquido del terror, aligeramos ropa, miramos al suelo, después al cielo, después al reloj, una última mirada de soslayo llena de complicidad a tus colegas y entonces empiezas a sentirte fuerte, ignoras la debilidad y sientes una necesidad de cumplir, de no fallarles, de darlo todo, de luchar, de buscar el éxtasis que sabemos nos espera tras cumplir con 18x400, 4x2000, 8x1000, etc. A cada vuelta me repito “ya me quedan 17, ya faltan 13”. Con el paso de las vueltas, detecto rostros de sufrimiento, muecas y ceños consternados, brazos en jarra, miradas perdidas, sudor… Pero también convencimiento, ganas de luchar, de derrotar a la comodidad de poder dejarlo ahí y dejar voluntariamente de sufrir. Sufrimos, seguimos contando hacia atrás. “Esto ya está hecho”.

             Pasamos a la locura, vuelve la luz a nuestras caras, chocamos eufóricamente nuestras manos, lo hemos conseguido, lo hemos hecho, nos hemos ganado la gloria que estábamos persiguiendo, proclamas eufóricas en voz alta invaden la pista… Casi podemos tocar el cielo. Y te sientes en paz contigo mismo, te sientes coherente con tu vida, con tu deporte, con el mundo que te rodea, te crees capaz de destrozar el crono en la próxima carrera. Y en caso de no conseguirlo, puedo asegurar con toda la sinceridad de mi alma que seguiremos meando de miedo todas las veces que hagan falta.

*Dedicado a mis compañeros de fatiga, nadie mejor que ellos saben de lo que hablo.

6 comentarios:

Gonzalo Quintana dijo...

Acabas cogiéndole el gusto al dolor, al sufrimiento. Lo mejor es cuando acabas y te demuestras que eres duro de cabeza. Porque las series se corren con la cabeza.

Onio dijo...

Ay amigo Javi, cuanta razón tienes.
Yo soy de esos a los que no le gustan las series pero, ¡que demonios! si hay que hacerlas hagámoslas bien o acaso no es aquí donde "se viene a morir". Muramos pues.
Un abrazo.

José Antonio dijo...

¿A qué se deberá que todo crecimiento conlleve dolor o riesgo?
Todo lo que describes nos pasa como un torbellino por nuestra mente. Y conviene que esas ideas negativas, al tiempo que transgresoras ocurran en la pista y no antes de partir hacía esa especie de matadero atlético.
Suerte que una vez hechas las series vuelven las ideas positivas y lo que se nos representaba como un sufrimiento extremo acaba por ser una sensación agradable, que es la que nos hace volver a la pista.
Clavado, Javi.

Victor dijo...

Javi,

eres un machaca con las series, así estás!... empieza la temporada y 1 día a la semana haces series esté como esté el cuerpo, eres un máquina, algún día me pagaré a vosotros, me hace falta, eso sí, a mi ritmo (jeje)

Un abrazo. Nos vemos

Antonio dijo...

Joer Javi, creo que es de las mejores entradas que te he leido.

Espero ser pronto uno de eso compañeros que esté ahí, meado y cagado de miedo.

Un abrazo

Javi dijo...

Efectivamente, le acabas cogiendo el gusto al dolor, y creo que es precisamente esa sensación la que nos permite superar el bajón y el dolor que inevitablemente sufriremos en carrera.
Son necesarias. Sí o sí (Si se quiere mejorar, claro)