No hay
mayor prueba atlética que la maratón. Mayor en todos los aspectos. Nada es
comparable a las sensaciones que todo el universo maratoniano transmite al
corredor. Desde que te inscribes, vives el ambiente previo, la disfrutas, la
sufres, la acabas, la reflexionas. Todo conforma una amalgama de vivencias
indescriptibles. Yo, al menos, no puedo transmitirlas en palabras. Sólo se siente. Es una experiencia
vital, como otras tantas en la vida, sí, pero se nos presenta como un regalo a
todos los que tenemos la fortuna de disfrutar corriendo. Hay que correr
maratones para sentirse corredor. Ahora lo sé, lo afirmo rotundamente y nada ni
nadie me va a quitar esa convicción.
Ayer
disputamos la 28ª Maratón de Sevilla; hoy, extraordinariamente no me encuentro
más castigado físicamente que tras una media o algún trail, siento un
dolorcillo en ambas rodillas, pero muscularmente subo y bajo escaleras con brío
y en general siento energía. Mañana será otra cosa. Para mí los martes son los
peores días tras haber competido el domingo.
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Sábado. Las matrículas asignadas. |
Si
vuelvo a las sensaciones, todo eso se condensa en el sábado. Desde por la
mañana estuvimos Txomin y yo empapándonos del ambiente en el mismo estadio
olímpico de la Cartuja, pues teníamos reservado allí mismo el hotel. Desde que
entras por el dorsal algo te dice que es algo grande, nada que ver con ninguna
otra carrera. Se respira ambiente de gran evento, y como tal te sientes pequeño, dubitativo,
nervioso y el cuerpo envía señales muy extrañas. No obstante, aún sigo flipando
con la entereza y la parsimonia de mi compañero maratoniano, no llego a entender su pasmosa tranquilidad.
Chapeau por él. Yo estoy fatal. Tengo un careto como un cadáver, blancuzco y
con ojeras hasta la barbilla. Miro a la gente haciendo cola para recoger el
dorsal, veo sus chándals, sus zapatillas, sus caras, todos parecen estar
contentos. Al mismo tiempo,
curiosamente, me siento un privilegiado. Ahí estoy yo, podría no estar, podría
estar en cualquier otro lado, pero no, ahí estoy en los prolegómenos de una
gran batalla. El ambiente está calmado, el sol radiante, la temperatura no
puede ser más perfecta.
Pasan las horas, el ambiente se
sigue disfrutando en la comida de hidratos que prepara la organización de la
maratón –excelente en mi opinión. Magnífico entorno y espíritu colectivo, mucha
zapatilla de colores, sonrisas y ganas de liberar endorfinas y algo más. Yo, por
mi parte, no me siento bien, me noto febril, agotado, venía de una semana
pésima de ánimo y salud y aún me noto renqueante. El miedo subyace, qué duda cabe. Sin embargo, ceno bien y duermo mejor, algo
que me parecía utópico antes de una carrera.
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¡A luchar! |
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Presto. |
Tras un
buen desayuno con vistas al estadio, el ritual de la vestimenta previa es
sobrecogedor. Ahí estamos los dos vistiéndonos, pringándonos de ungüentos
varios, poniéndome en mi caso mil y un esparadrapo en los pies, repasando
mentalmente todo lo que no puede faltar, es decir, lo de siempre, geles y hasta
paquetitos de sal que hurté del hotel –y que a la postre me tomaría en el km
28.
Salimos
hacia el campo de batalla. Lo que se vive en el estadio es inexplicable, el mosaico de colores y sensaciones se
confunden hasta aturdirte y ya entras en conducción automática: sigues a todo
el mundo, dices frases incoherentes, murmuras, te sitúas bien cerca del arco,
te apretujas, le hueles la nuca al tipo de delante, miras un millón de veces el
GPS para comprobar que está OK, con todos los parámetros a CERO… ¿Estarán bien
apretados los cordones? Miro al cielo y suena el disparo.
En
pocos segundos estoy en el túnel, evitando el temido embudo que podría haberme
engullido de haber salido unos metros más atrás. Cuando diviso la bocana del
túnel y veo la luz del día no puedo contenerme y grito con el puño levantado “¡Vaaaamoooos!”
en tono guerrero, a lo que acto seguido una turba de miles de personas gritan “¡vaaamooos!”. Es inútil que escriba lo que sentí. Sólo sé
que me daba igual morir allí mismo, ser pisoteado por 5000 personas, sólo por
ese segundo todo merecería la pena.
A la
guerra. Sientiendo un magnífico flow mental
y físico marcamos los miles a 4’18’’ el primero y sucesivamente van
discurriendo en torno a 4’15’’ con una facilidad increíble. Es hora de
disfrutar, cojones. Caen los kms, me uno a grupos que van a mi ritmo, Txomin se
queda apenas unos metros pero lo intuyo, lo siento detrás. Empiezo a hacer
cábalas –sin dejar de disfrutar- y tengo la certeza de que me acercaré a las
tres horas. Voy a hacer la media a 1h 30’ con la certeza de que la segunda
mitad caerán unos minutos, pero me da igual, viviré de las rentas, no puedo ser
conservador ahora. Aún hoy mantengo que si hubiera sido más conservador en la
primera parte la segunda tampoco habría mejorado mucho. Esto es maratón.
Mientras sea consciente, mientras domine mi cuerpo y mi mente voy a disfrutar,
me entregaré al muro, al mazo o a lo que venga, luchando a tumba abierta,
cuando quiera que llegue.
A
partir del km 28 ya no estoy tan feliz. Miro el puñetero Garmin e inexorablemente
el ritmo va disminuyendo. Maldición,
jodido cuerpo, jodidas piernas, ¡corred como antes! Pero no hay manera.
A partir del 30 vuelvo a retomar el 4’15’’ pero me dura sólo un km. Chico, aquí
está tu enemigo, que no sé si son las larguísimas avenidas o yo mismo. Ya me
veo mirando al suelo, ya empiezo a jadear y ya veo a gente caminando, sufriendo
calambres y algunos hasta gimiendo. Todo da igual. Trato de sortear una y otra
vez las trampas que me pone mi propia mente (esto no es para ti, eres un corredor mediocre, qué creías, iluso,
párate). Resisto, lucho, lo doy todo. Sé que voy a 4’40’’ y por momentos
hasta más lento, pero antepongo una máxima: eres
un luchador, y la carrera no se acaba en el 36, cobarde, acaba en el 42 y pico
y tú la vas a acabar, estás haciendo lo que te gusta, lo que te hace sentir
vivo, así que esto no es la muerte para ti, la muerte es estar parado, sentado,
viéndolo desde la barrera, tú estás enfangado en la lucha con toda esta gente.
Disfruta sufriendo, como alguien me dijo en este blog.
Es muy
duro. Durísimo. Los últimos kms son una agonía por la supervivencia. Km 38, un cuatro mil, 4 putos miles, es
salir de tu casa y llegar hasta la gasolinera BP, ¿cuántas veces lo has hecho?,
¿no hay huevos hoy?. Veo a un chaval de azul agonizar, parándose
progresivamente hasta agacharse llorando, le espeto: “esto ya está terminado,
vamos”, incluso le empujo y sigue arrastrándose pero mira hacia atrás y ha
vuelto a agacharse entre balbuceos ininteligibles. Km 40 y mucha gente aplaude
y anima. Aún levanto las manos en señal de agradecimiento. Entro al estadio y
puedo palpar la gloria, puedo saborearla, hago el último 400 como mejor puedo,
sonriendo, feliz y esta vez sí, levanto los brazos, me acuerdo de todo lo que
tengo que acordarme y termino en 3h09’. En
3h 11’ entra Txomin, nos abrazamos y nos
comemos unas 60 mitades de naranjas entre ambos. Lucimos nuestras medallas, nos
sentimos héroes. No he perdido mi escudo, está destrozado, pero lo tengo.
No me
importa hoy nada; lo digo en serio, sé que puedo mejorar, que voy a hacerlo,
que voy a hacer menos de 3 horas alguna vez, pero he corrido dignamente,
luchando, con una preparación precaria en cuanto a cantidad de kms, he hecho
MMP y sobre todo he sido consciente de haber corrido la maratón (las otras 2
anteriores son vagas ensoñaciones con muchísimas lagunas que apenas recuerdo).
Estamos contentos , orgullosos y
pletóricos. Así que los matemáticos que se sientan defraudados por mi marca, con
perdón, iros a hacer puñetas.